Tres Dworkin: Una Breve Nota

Por Jorge Luis Fabra Zamora (jorgefabraz@gmail.com)



Llegando a Colombia me he enterado de la noticia de muerte de Ronald M. Dworkin. Como muchos otros (véase el post anterior aquí, y esta recopilación de Brian Leiter aquí), y en especial, por las contradictorias posiciones que presentaron  mis amigos Andrés Molina y Leonardo García Jaramillo (la perspectiva de Andrés, una nota previa de este blog, aquí, y Leonardo, su obituario en Ámbito Jurídico, aquí), creo que este es un buen momento para decir algo sobre Dworkin, en especial para aportar algo y aportar algo al debate. (Dos nuevas contribuciones, una eulología por James Fleming, y un nueva crítica, por Brian Leiter). Por ello, una breve nota.

Creo que para evaluar la contribución de Dworkin y no caer en hipérboles positivas o negativas sobre su aporte al pensamiento filosófico y jurídico, debemos hacer una distinción entre dos Dworkins: El Dworkin-jurista, el filósofo del derecho, y el Dworkin-filósofo, el Dworkin de la filosofía política.

El Dworkin-jurista no merece el gran lugar en la historia de la filosofía de derecho que algunos quieren adjudicarle. La teoría del "derecho como interpretación" es un fracaso si le mide por los estándares de la teoría jurídica analítica: descriptividad, rigurosidad, coherencia, sistemacidad, un uso claro del lenguaje y aplicabilidad. Existe un acuerdo casi casi universal es que Dworkin perdió  el mayor debate en el cual participó: El famoso (y hoy aburridor) debate entre Hart y Dworkin.  La verdad es que Dworkin es seguido por pocos (tal vez solo Jeremy Waldron, Mark Greenberg, Stephen Guest y Nicos Stravpoluos cuentan como Dworkinianos, y entre nosotros, Pablo Bonorino y creo que Isabel Lifante), criticado por positivistas, no-positivistas y realistas por igual (el más duro de todos, sin duda, es Brian Leiter, como bien reseña Andrés. Creo que Andrés y Leiter reconocen lo anterior ante todo al referirse a Dworkin en la teoría jurídica). Dworkin será más recordado, como dice John Gardner, por lo innovativo y provocador de su propuesta, que por, agrego yo, la sustancia de la misma.

Pero hay un Dworkin creo que más valioso que es el Dworkin de la política y la filosofía moral aplicada. Este es el Dworkin que habló de la la vida y defendió el derecho al aborto y la eutanasia, el Dworkin que defendió que la igualdad es la virtud soberana de toda democracia, el Dworkin crítico del sistema político y judicial de los Estados Unidos. Este tal vez sea el Dworkin que Leonardo aprecia: el Dworkin-Filosófo. Aca, Dworkin ganó casi todos los debates en los que participó: Contra Posner, quién terminó entre dientes modificando su concepción del análisis económico; contra el conservadurismo republicano, contra el liberalismo ingenuo (Ttal vez no le fue tan bién contra Blackburn, sobre la objetividad de la ética).

Creo que las caras deben verse al momento de valorar a Dworkin. El segundo merece sin duda un mucho mejor lugar que el primero.

Sin embargo, hay un tercer aspecto que vale la pena rescatar. Más allá de los problemas que tuvo con muchos otros miembros de la profesión, Dworkin fue un modelo de intelectual público: fue un contribuyente de los debates actuales de su país y la sociedad contemporánea. Fue un escritor ávido, comprometido con los problemas éticos y políticos del momento. Fue un oradoz vivaz y elocuente, capaz de mostrar posiciones difíciles con elegancia y simplicidad. Este Dworkin-académico es un buen ejemplo de una concepción "viva" y "útil" de la filosofía: la filosofía como el arte de vivir, y la filosofía política como una contribución sobre la mejor forma de vivir en comunidad.

Tal vez este sea un mejor balance: un deficiente teórico jurídico, pero ello no resta que fue un decente filósofo político, pero sobre todo, un académico comprometido.

PS. Como dice Leonardo, hay que ir pensando en un buen homenaje editorial.

Publicar un comentario