Semblanza de Edgar Gutiérrez Sierra por Enrique Muñoz

Por Jorge Luis Fabra Zamora (jorgefabraz@gmail.com)

Les comparto la semblanza que hizo Enrique Muñoz del profesor e investigador Edgar Gutiérrez Sierra recientemente fallecido. El profesor Gutiérrez, vinculado a la facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena, se especializaba en historia, educación e imaginarios culturales en Cartagena y el Caribe Colombiano. Tuvo un aporte esencial en el estudio y revitalización de las Fiestas de la Independencia. Agradezco a Ladys Posso por el envío.


DESATENDER LA RAZÓN PARA HABLAR DE LA MUERTEEnrique Luis Muñoz Vélez
Dónde estés avísame, porque me aterra lo desconocido. Nos veremos más temprano que tarde.
En muchas veces conversamos sobre la muerte como la única certeza de la vida. Además, a carcajada limpia, a dos voces nos reíamos y expresábamos, la muerte no existe, son los cambios de la materia condensada a materia liberada, energía pura matrimoniada con el universo.
La muerte es casi siempre noticia, crónica en el ámbito periodístico, información forense, caso de la salud en el tránsito de descarnadura y dolor que duele por la ida de un ser entrañable y querible como Edgar José Gutiérrez Sierra. Pero así es la vida y la muerte es parte de ella.
Sin embargo, hablar de la muerte de un amigo, avecindado en la hermandad, colega imprescindible por la andadura cotidiana, con Edgar José, expresar algo acerca de su muerte, es en sí, hablar de la mismísima vida. Por eso, cada referencia a su muerte se convierte en instantes y fragmentos donde la vida no se agota ni siquiera con la muerte misma.
Él y yo a cada rato le torcíamos el cuello a la razón para discutir sobre ese sueño eterno al que se le tributa de manera onírica la cuota diaria a manera de paga hasta saldar en el tiempo el precio de haber vivido.
La muerte nunca ha sido una experiencia consciente para reflexionar de ella. Mucho menos un problema filosófico, ni para él ni para mí, por tanto, la muerte es necesaria e incomprensible, por eso, hay que alinderarla a la vida como un hecho con vocación a concitarnos a todos tras la partida al oriente eterno de Edgar José, empechando a la Virgen de la Candelaria por un camino que apenas inicia en la sucesión del mundo, donde uno viene y otro va, como uno de los tantos estadios de aprendizajes de la existencia humana en lo espacial y en la temporalidad.
Desde el jueves 27 de noviembre de 2014, Edgar José, se durmió a las doce y cuarto para siempre, enrostrándonos, una vez más, que la vida es breve y la muerte acosa  por ella con afán. Él duerme con ciertos privilegios y de manera plácida. Si la muerte es real por su dura e inaplazable certeza, somos nosotros lo que hemos muerto a partir de su huida terrena para gozarse de manera absoluta la calma que a veces, con ansiedad buscamos. Él ha resuelto decididamente, el camino que en poco iremos tras las huellas de un nuevo periplo sin fin.
Edgar José se anticipó para abrirnos el atajo a transitar, así sucedió con Astrid Torres, Jorge García Usta y Emery Barrios, quizás para seguir con la brega revitalizadora de las Fiestas de la Independencia de Cartagena, desde otra orilla más tranquila y sin sobresaltos.
La muerte es un hecho, un estado personal e irrenunciable porque uno viene ya planillado, desde aquella noche en que nuestros padres desnudaron sus cuerpos para amarse con las apetencias de los juegos seductivos en la batalla de los sentidos. El padre deja la semilla y la madre abona la tierra, desde entonces, de manera paradojal quiñan vida y muerte, la una da la condición para que la otra se manifieste como credencial y certificación cierta que se nace para morir.
El viejo roble de Carlos Rafael Gutiérrez Jiménez, un riohachero sembró en tierra pródiga cuidada amorosamente por  la cartagenera, Rocío Sierra Osorio, y aquel fruto de vida vino al mundo el 19 de septiembre de 1959 para enrumbarse por diferentes territorios e ir definiendo destinos: uno, con Carlina Camacho Quiñones, dos: Edgar Alexander y tres: Sebastián José.
El Edgar José vino a este mundo en condición de primogénito. Y, así como vino se marchó, abriendo camino y la vida siempre recomienza, él lo supo siempre; sin embargo, jamás pensó que se iría también en cumplimiento del tiempo de llegada.
Edgar José se fue sin dejar un guiño que no había ninguna posibilidad de retorno. Disfrutó su último Cabildo de Getsemaní, como actor y espectador,  sujeto histórico de haber sido un animador gozoso y celebrante de su postrera fiesta definitiva a la cual le dio aliento motivador para que nunca decayera; sin embargo, él habló con frecuencia de los relativismos, y el día 27 de noviembre predicó los absolutos, quizás, para seguirle torciendo el cuello a la razón.
La lámpara del hombre estudioso tiene menos aceite que la lámpara de la vida, su rastro breve dejó en el instante fugaz su huella autógrafa de ser ya eterno en el sueño profundo. La vida abandona el cuerpo cuando los signos de su existencia material no garantizan la permanencia humana.
La muerte de Edgar José, nos ha dejado un profundo dolor y a la vez, una enorme alegría, por haber compartido con él en noches mal dormida del 11 de noviembre, o en las faldas de la Popa para celebrar y conmemorar a la Virgen Nuestra Señora de la Purificación de Las Candelas, sus dos  grandes pasiones para hacer un giro interpretativo de otra forma histórica de hacer filosofía.
A sus hermanos y hermanas: Eusebio Rafael, Luis Carlos, Jairo Enrique, Cristian Julián, Sissy del Carmen, Yaneth Rocío y Rocío María, mi abrazo y mi palabra estremecida de dolor, pero también de fortaleza para seguir en la brega de la vida teniendo a Edgar José como espejo modélico.
A Carlina, Edgar Alexander y a Sebastián José, recordarle una imagen de Dante Alighieri, invocando a Dios: “El amor que mueve el sol y las demás estrellas” es el mismo amor que los unió para darle sentido y significado a su construcción universal donde se ha doctorado con los máximos honores por haber vivido en el amor y en la amistad.  



Publicar un comentario